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    Reforma jubilatoria y salud mental: la ley de la vida y el fémur curado

    El maltrato, las políticas de ajuste, represión, abandono y desamparo hacia los adultos mayores que ponen de manifiesto una sociedad impiadosa cuyo capítulo más reciente se produjo el miércoles pasado- día significativo para los jubilados en Argentina- con la bochornosa aprobación de la ley de reforma previsional de retroceso brutal de sus derechos, nos trae a la memoria un sinnúmero de recuerdos e imágenes, de acontecimientos y reflexiones sobre la condición humana , nuestra actitud hacia los sectores sociales vulnerables y particularmente hacia los viejos.

    1 de agosto de 2026 | 06:15
    Reforma jubilatoria y salud mental: la ley de la vida y el fémur curado
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    Es significativo y contradictorio que la ley jubilatoria  que atenta contra la calidad de vida de los jubilados actuales y futuros, es decir  los trabajadores activos, se haya sancionado, en la provincia de Entre Ríos,  en simultaneidad con la declaración de la urgencia sanitaria en salud mental, dado que las políticas de  ajuste incompasivo que el gobierno aplica a la población,   afectan y desquician  el equilibrio anímico y emocional y esa derrumban esa  búsqueda colectiva  de bienestar a la que llamamos salud mental. Esa relación entre políticas públicas regresivas y deterioro de la salud mental  quedó claramente expresada  en la década del 90, cuando también un gobierno de derecha, en un proceso muy similar al actual, implementó una política de salarios de hambre para los jubilados y la represión de sus manifestaciones de reivindicación de necesidades  tan elementales como la  subsistencia y la dignidad de los abuelos, lucha ejemplar cuya figura emblemática fue Norma Plá y que derivó en una multiplicidad de depresiones y atentados contra la propia vida en ese sector. En tal sentido los adultos mayores representaron en ese momento un grupo de alta vulnerabilidad frente a la depresión y el suicidio, impulsado (entre otras múltiples causas, ya que las conductas autodestructivas son multicausales y multidimensionales) por factores socio-económicos y la pérdida de redes de contención. En ese momento, el Presidente Menem respondía-no sin cinismo- a la consulta de los periodistas que no era psicólogo para analizar el crecimiento de los malestares de la salud mental y los suicidios en la tercera edad en su relación con las políticas de las que era responsable y que obligaban a los ancianos a elegir entre la compra de los medicamentos o de la alimentación para la subsistencia, después de haber trabajado una vida para obtener el derecho a una jubilación digna. Es claro que no se necesita ser Psicólogo para relacionar la profunda tristeza, el dolor y el sentimiento de humillación que sufrieron los jubilados y el deterioro de su salud mental con las políticas neoliberales de los 90. Del mismo modo las actuales políticas de castigo y abandono hacia los viejos nos obligan a reflexionar, ahora de un modo un poco más filosófico, sobre la condición humana, sobre nuestra relación con la fragilidad de la existencia, acerca de nuestra actitud frente al sufrimiento del otro y del cuidado y del compromiso con quienes sostuvieron y posibilitaron nuestra propia vida. En ese sentido, movilizado por todas estas injusticias, recordé un cuento muy estremecedor de Jack London que se titula “La ley de la vida”. Se trata de Koskoosh el jefe de una tribu que es abandonado en la nieve por su núcleo familiar y social, dado que por su ceguera y su vejez no podía moverse y avanzar comprometiendo, por ese motivo, la supervivencia del resto. El relato es conmovedor y escalofriante ya que el mismo Koskoosh acepta con resignación su destino como una lógica de la subsistencia y la perpetuación de la especie. En su memoria van apareciendo imágenes de su vida y un recuerdo de su infancia en el que los lobos atacan a un alce que se resiste desesperadamente a ser descuartizado. Es, sin duda, un recuerdo anticipatorio y alegórico de su propia suerte. El cuento está visiblemente influido por las lecturas que el extraordinario autor norteamericano tiene de Charles Darwin y la teoría de la selección natural, que, aplicado al hombre, darwinismo social se ha llamado, pretende explicar la adaptación como el resultado de la selección natural, es decir, de la supervivencia del más fuerte y la muerte del más débil. En esa distorsión de la teoría de la evolución de las especies aplicada al hombre, el ser humano se reduciría a un individuo aislado e independiente que debe competir con otros para sobrevivir. Es el punto de partida de Hobbes para quien el hombre es lobo del hombre, lo que haría nacer el Estado y el pacto social para controlar y evitar la violencia y garantizar la paz y seguridad humanas. Es toda una visión del hombre como un ser egoísta y que solo a desgano convive en sociedad.  Sin embargo, esa equiparación de la naturaleza humana con las bestias contrasta con una anécdota maravillosa con la cual la antropóloga Margaret Mead explica y encuentra, en la aparición en una fosa común, miles de años atrás, de un fémur humano fracturado y curado, el primer signo de la civilización humana. Es que, en los albores de la humanidad, un homínido que se rompía un fémur no podía correr para escapar de los depredadores ni tampoco cazar o protegerse del clima; en esas condiciones su único destino era la muerte. El fémur soldado implica y supone que alguien, otro ser humano, tuvo que haber cuidado, protegido, alimentado al accidentado para preservarlo de la naturaleza y de las fieras y ese es, sin dudas para la científica social, el indicio elemental de la humanidad asociada al proceso civilizatorio. Es el amor, la solidaridad, la ternura, la cooperación, el cuidado del otro que sufre, del que está en dificultades, lo que nos humaniza, lo que propiamente expresa la civilización humana, aquella que se eleva sobre la ferocidad y el salvajismo.
    Estamos viviendo momentos históricos donde la crueldad y el individualismo, la violencia, la destrucción y la guerra, en nombre de un egoísmo atroz, van encaminando el mundo hacia un abismo civilizatorio, hacia una deshumanización despiadada que no está desligada del rechazo que muchos expresan de transitar la experiencia de la vida, de su protesta trágica contra un mundo que se les vuelve inhabitable, sobre todo los niños, los jóvenes y los ancianos expulsados socialmente. Es allí donde tenemos que buscar las claves de la tristeza y el abandono de sí mismo que caracteriza ésta época. Solo el amor, la ternura, la solidaridad, el cuidado y el afecto del otro, pueden recuperar el gusto por la vida, aquella cuya transmisión, Edgar Morín definió como una responsabilidad que los adultos tenemos sobre los jóvenes, como legado ético, civilizatorio.
     

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    Sergio Brodsky
    Sergio Brodsky
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